Ella pecaba y yo rezaba
Con los años entendÍ que las amistades más profundas no siempre comienzan con un abrazo.
A veces comienzan con una necesidad.
La conocí cuando apenas era una niña.
La Madre Superiora me llevó a escoger una muñeca para el cumpleaños de una alumna de otra Madre Superiora que vivía en un convento a la vuelta del nuestro en Ilhuimictlán.
Me encantaban las muñecas.
Escogí la más bonita porque siempre creí que los regalos debían parecerse a aquello que uno hubiera querido recibir.
La puerta del convento apenas se abrió.
Del otro lado apareció una niña tan delgada que parecía hecha de huesos y viento.
Sonrió.
Tomó la muñeca entre sus manos.
La puerta volvió a cerrarse.
Pasaron años antes de volver a verla.
Hasta que una tarde, siendo ya adolescente, la Madre Superiora me dijo que debía visitar a la niña.
No era una invitación.
Era una orden.
Recuerdo perfectamente aquella caminata.
Para llegar a ese convento tenía que cruzar una calle larga y silenciosa. De un lado había un taller mecánico donde algunos hombres me seguían con la mirada. Del otro, una casa desde la que varios perros ladraban como si anunciaran que una niña caminaba sola.
Yo cruzaba rezando.
Era la única manera que conocía de sentir que alguien caminaba conmigo.
Cuando por fin llegaba, una hermana abría la puerta y me hacía pasar.
La niña me esperaba sonriendo.
Me habló de sus quince años.
La Madre Superiora de mi convento sería su madrina y quería que uno de mis hermanos y yo formáramos parte de aquella celebración.
Jamás imagine que esa invitación terminaría convirtiéndose en una de las heridas que más tardaría en comprender.
Desde entonces comencé a visitarla casi todos los días.
Mientras las jóvenes de mi convento seguían siendo un mundo al que nunca terminaba de pertenecer, yo estaba convencida de haber encontrado una amiga.
Y eso, para mí, era suficiente.
Muy pronto comenzaron los preparativos para la fiesta.
El vestido.
Las botas.
La musica.
Los ensayos.
Todo giraba alrededor de ella.
Y yo disfrutaba verla feliz.
Creía que, de alguna manera, también formaba parte de aquella historia.
Después de la fiesta
apareció Albertano su novio.
La Madre Superiora de su convento desaprobaba aquella relación, así que necesitaban una coartada.
Sin darme cuenta, terminé convirtiéndome en ella.
Decíamos que íbamos a confesarnos.
Que visitaríamos otra iglesia.
Que comeríamos un helado en el parque del pueblo.
La realidad era otra.
Tomábamos un taxi hasta un barrio lejano donde él la esperaba.
Ella desaparecía detrás de una puerta.
Yo me quedaba afuera.
Algunas tardes el sol cambiaba de lugar antes de que regresara.
Otras veces me vencía el sueño sentada sobre una banqueta.
Aprendí a esperar sin preguntar.
Cuando volvía, sacaba de su bolsa una pequeña estampa de LA MAGNÍFICA.
La sostenida entre las manos y comenzaba a rezar con una devoción que contrastaba con todo lo que acababa de ocurrir.
Yo ni siquiera conocía aquella oración.
Pero terminé aprendiéndomela.
Rezábamos para que Dios protegiera una mentira.
Entonces todavía no sabía que también existían culpas prestadas.
ELLA PECABA.
YO REZABA.
Así transcurrieron muchos meses.
Hasta que un día la verdad salió a la luz.
La Madre Superiora descubrió que nunca habíamos ido a confesarnos.
Que las visitas a la iglesia eran una mentira.
Que aquellas escapadas escondían otra historia.
La Flaca dijo que todo había sido idea mía.
Que era yo quien necesitaba esas salidas.
Que ella únicamente intentaba ayudarme.
Nadie me preguntó qué había ocurrido.
Nadie quiso escuchar mi versión.
Simplemente dejaron de abrirme la puerta de aquel convento.
Lloré durante meses.
Durante mucho tiempo pensé que lloraba por haber perdido una amistad.
Hoy sé que no.
Lloraba porque, sin darme cuenta, había aprendido que era posible cargar el pecado de alguien más para no perder su cariño.
Fue la primera vez.
No sería la última.
Hoy no escribo esta confesión para señalar a la Flaca.
Tampoco para justificarla.
La escribo para abrazar a esa niña que cruzaba una calle rezando, convencida de que amar consistía en esperar, callar y hacerse responsable de culpas ajenas.
Ahora se que no.
Pero tarde mucho años en aprenderlo.

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