Dicen que hay mujeres que nacen para ser santas y otras para ser putas.
A mí me llamaron de las dos formas.
Con la misma boca que me rezaban, me escupían.
Con las mismas manos que me levantaban en oración,
me enterraban en el lodo.
Esta no es una historia de redención,
porque yo no me arrepiento de haber amado,
ni de haber vendido mi cuerpo
cuando el alma se me caía en pedazos.
Esta es una historia de carne y espíritu,
de una mujer partida en dos:
Isabel de la luz, cuando enseñaba la palabra de Dios;
Luna, cuando se entregaba a la oscuridad.
Fui hija del pecado, pero también de la promesa.
Fui niña cuando vi sangrar a mi madre,
y mujer cuando supe que el amor también hiere.
Crecí confundida, buscando refugio
en los mismos brazos que me hacían temblar.
FUI PUTA PORQUE TUVE HAMBRE
FUI SANTA PORQUE TUVE SED
Este libro es un espejo roto.
Si te atreves a mirarte,
vas a verte sangrando también.
Pero si lo lees con el corazón abierto,
quizá descubras que hasta en la más sucia de las mujeres,
Dios se esconde.
Y ama.
Y perdona.
Porque no hay cruz más pesada
que la de vivir con la verdad,
y yo decidí no callarla nunca más.
— L.C.

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