Se quitó la pestaña postiza con los ojos aún húmedos.
No había llorado por tristeza.
Había llorado porque el hombre que la besó hacía unos minutos le dijo:
—Me haces sentir limpio.
Isabel —ahora Luna— sonrió con los labios cerrados, como cuando era niña y su madre servía mole en las fiestas patronales y todos aplaudían.
Siempre le habían aplaudido.
En la mesa.
En la cama.
En el confesionario.
El espejo del motel le devolvía una imagen ajena:
rímel corrido, brasier de encaje a medio quitar,
ojos de virgen cansada.
Encendió un cigarro.
Abrió la Biblia que siempre llevaba en el bolso.
La página estaba marcada:
"Mujer, ¿dónde están los que te acusaban?
¿Ninguno te condenó?"
—Ninguno, Señor.
Y aunque no creía del todo, le hablaba en voz baja al cajón de la mesita.
—Tú sabes que yo también alimento a los hombres… aunque sea de otro modo.
Después del cliente, caminó por el pasillo largo como quien sale de misa sin saber si fue perdonada.
Una hora después llegó otro hombre.
Olía a colonia barata y desesperación.
No dijo hola.
Dejó el dinero sobre la cómoda, contándolo en silencio, como si eso lo absolviera.
—Arrodíllate.
Ella lo miró un segundo.
Ese segundo en el que decide si convertirse en carne o en muro.
Eligió lo primero.
Siempre lo hacía.
—Llámame padre.
No era la primera vez que alguien le pedía eso.
Y aun así, cada vez dolía distinto.
Como si con cada cliente
Dios le escupiera en la cabeza
a la niña que soñaba con el cielo.
Pero hubo una noche distinta.
El motel olía a cloro.
La habitación era elegante, limpia.
El hombre pidió whisky. Ella aceptó.
Se sentó en la orilla de la cama, cruzando las piernas con el oficio aprendido.
Él no la tocó.
La miró largo.
Como si buscara algo más allá del cuerpo.
Como si reconociera una grieta familiar.
—No te voy a tocar —dijo de pronto—.
Solo necesito hablar con alguien que no me juzgue.
Luna no respondió.
No porque no supiera qué decir,
sino porque esa frase la rompió.
Ella, que era mirada como carne,
de pronto era vista como alma.
Y eso dolía más.
—Mi hija tenía tu edad. O la tendría.
Se quitó la vida hace tres años. En un convento.
El silencio se volvió espeso.
El whisky ardió como verdad mal dicha.
—Yo la llevé ahí. Pensé que era lo mejor para ella.
Pero estaba rota. Y nadie la vio.
Ni siquiera yo.
Luna sintió un vértigo profundo.
Como si el cuerpo de esa hija
y el suyo
fueran espejos rotos reflejándose.
—¿A ti también te rompieron? —preguntó él.
Ella quiso decir que sí.
Que muchas veces.
Que no quedaba entera ni por dentro ni por fuera.
Pero solo asintió.
Con los ojos.
Con el alma.
Esa noche no se desnudó.
No fingió.
No cobró.
Solo se fue en silencio
con la cruz más pesada de todas:
haber sido vista.
Antes de los moteles,
mucho antes de que su cuerpo aprendiera a fingir deseo,
existía un lugar donde las campanas callaban más de lo que decían.
Un pueblo entre montañas y neblina,
donde el aire era denso como la culpa
y las mujeres caminaban con la mirada baja
por miedo a que Dios les respondiera con rayos.
Allí nació Isabel.
En una casa grande, fría,
con ventanas altas
y un portón que crujía como si doliera abrirlo.
El día que su madre murió,
la sangre salpicó la cocina y el alma.
Nadie supo qué hacer con la niña.
Callaba demasiado.
Miraba demasiado.
Fue el sacerdote quien propuso llevarla al convento.
—Tal vez allí, entre cánticos y disciplina, se le cure el espanto.
Pero cuando la tomó del brazo para guiarla al auto,
algo en su mirada tembló.
Como si el mundo estuviera a punto de callar
algo que nunca debió pasar.
Esa noche, mientras las campanas del convento sonaban a encierro,
Isabel pensó en una flor seca.
Y en un nombre que nadie pronunciaba,
pero que su cuerpo recordaba con cada estremecimiento.
Hay cuerpos que nunca descansan,
ni en una cama
ni en la cruz.
Hay nombres que no se dicen,
y otros que duelen más cuando se pronuncian.
Yo me llamo Isabel.
Pero a veces olvido.
Me llamo Luna.
Pero a veces sangro.
y Petra... dice que las mujeres rotas también aprenden a rezar.
Y aun así, sigo viva.
Aunque a veces
no sé quién respira por mí.
CONFESIÓN I
Hay mujeres que cargan una cruz invisible.
No está hecha de madera.
Está hecha de miradas,
de nombres que no se dicen
y de hombres
que rezan después de usarte.
CONTINUARA...
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